Róbinson López, el agricultor que le sigue los pasos a Nairo Quintana

Róbinson López, el agricultor que le sigue los pasos a Nairo Quintana

Entrena cuatro horas todos los días; luego, llega a la finca de sus papás a sembrar y recoger papa.

Las descoloridas imágenes del Señor de Los Milagros de Buga y del Divino Niño en dos viejos cuadros, colgados a la derecha de la puerta de la entrada, dan la bienvenida a la finca El Eucalipto, ubicada en la zona rural del municipio boyacense de Sora, donde vive la familia López Rivera, que siempre se ha rebuscado la vida cultivando papa, cebolla y zanahoria.

Hace ocho años que Marco Aurelio López y Carmen Alicia Rivera abandonaron la finca La Lavandera, en el cerro. La casa que tratan de levantar hoy está dividida en dos: en una parte hay tres habitaciones, en la otra construyen tres adicionales, una cocina más grande y un cuarto para guardar las herramientas.

De esas tres piezas viejas, una es la de Róbinson Fabián, el hijo menor, el que todavía los acompaña, porque ya hicieron sus vidas Leydy Johana, Iván y Lizeth, quienes viven en Bogotá.

‘Robi’, como le dicen, es el consentido, el único al que le dio por el deporte, el que alguna vez cogió una bicicleta y se dedicó al ciclismo y quien el pasado 25 de febrero, bajo un tremendo aguacero en el barrio 20 de julio de Bogotá, rompió los pronósticos: partió a falta de tres vueltas para el final y lo volvieron a ver en el podio, adonde subió por la medalla de oro y la camiseta blanca con el tricolor en el pecho, que lo identifica como el campeón nacional de ruta de la categoría Sub-23.

En su habitación, Róbinson Fabián tiene una cama. En la pared, que aún está en obra negra, tiene pegado un afiche del Sagrado Corazón. Del bombillo cuelga un móvil de metal. Al fondo hay un armario donde guarda su ropa, los uniformes de ciclismo que ha utilizado, los zapatos y las zapatillas para montar bicicleta.

Los cascos que utiliza están encima del televisor, que poco prende porque solo recibe la señal de los canales nacionales y no hay dinero para pagar televisión por cable.

El pequeño de la familia nació el 17 de septiembre de 1996, vivían en la Lavandera cuando, dice Marco Aurelio: “Le dio el afán de salir y nos tocó llamar a la partera”.

Tanto él como su esposa trabajaron siempre en la siembra, son boyacenses y se conocieron en Sora. Marco salía todas las mañanas hacia los cultivos, a darle de comer a las pocas vacas de su propiedad, sembrar, regar y recoger, mientras que Carmen Alicia se encargaba de alistar a los muchachos para que fueran a la escuela del pueblo, hacer las tres comidas y estar pendiente de los perros y gallinas. “Levanté a mis hijos con trabajo, con una labor dura como es el campo”, recordó Marco Aurelio.

Regular en la escuela

Róbinson Fabián no fue buen estudiante, pero tampoco el peor: iba en el lote, sin excelentes calificaciones. Confiesa que no le gustaba estudiar, que levantarse para coger la maleta e irse a pie a la escuela era un martirio, de hecho, perdió octavo grado; pero tampoco quería quedarse en la casa, pues a pesar de que le ayudaba a su papá, no le llamaba la atención sembrar ni recoger la cosecha, lo que le agradaba era echarse el bulto al hombro y regar los cultivos, porque podía meterse bajo las regaderas y mojarse.

No le podía sacar el cuerpo a labrar la tierra y sembrar la papa, le tocaba, así no quisiera. Hoy todavía lo hace.

Su pasión desde entonces fue el ciclismo. Su afición nació cuando le pegaba a un aro y se iba por la carretera. Por ir rápido y compitiendo con sus amigos, se cayó y se abrió una herida en la rodilla derecha, pero eso le dio más impulso.

La primera máquina se la regaló su tío Augusto López, costó 110.000 pesos, la compró en una bicicletería de Tunja.

Otras personas también lo han ayudado: el hermano de Carmen, Sigifredo, le regalaba dinero para las onces. Vicente Rojas y Giovanni Cetina, también le dan, a veces, alguna plata.

José Quintiliano Rivera lo metió a la escuela Santa Bárbara de Sora y fue el primero que lo llevó a una carrera, en Santa Rosa de Viterbo, en el 2014; no se acuerda en qué puesto quedó, pero en su mente está claro el primer triunfo: fue en la Clásica de Jenesano, en el 2015.

Róbinson López, el campeón.

En la mañana estudiaba. Una vez sonaba la campana y terminaba el tiempo de la escuela, comía un poco y con Pedro Ruiz y Ricardo Rivera, salía a montar bicicleta.

“Rivera era el que me corrompía (risas). Salíamos a dar una vuelta por Piedra Gorda, Iguaque y volvíamos a la casa. Esa fue mi rutina hasta que me gradué de bachiller en la Institución Educativa de Sora”, aseguró.

Desde hace ocho años, los López Rivera viven en El Eucalipto, allí llegaron porque el dueño de esa tierra le arrendó a Marco Aurelio por un tiempo. La cosecha de papa fue buena, reunió $ 5 millones y compró el terreno.

Leydy Johana, Iván y Lizeth se fueron de la finca, pero quedó Róbinson, quien todos los días se levanta entre las 5:00 y las 5:30 de la mañana, depende de la rutina que haya trazado Oliverio Cárdenas en el equipo Boyacá es para Vivirla. Mientras se baña, su mamá le prepara el desayuno: caldo de papa, huevos, café con leche y una buena porción de pasta.

Después del entrenamiento, cuatro o cinco horas encima de la bicicleta, Róbinson regresa a casa, se baña otra vez, almuerza y descansa.

A veces, dependiendo del dolor en las piernas después de pedalear hasta 230 kilómetros, recuerda que vive con sus padres y se va al sembrado.


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“Para que el producto sea bueno es indispensable una buena tierra, la fertilidad de la misma y el cuidado. Hay que regarla bastante, el clima ha cambiado en los últimos años, hace mucho calor y el cultivo hay que regarlo al menos cada ocho días o se pierde. Cada cuatro o cinco meses se recoge la papa; a los seis se cumple el tiempo para hacer lo mismo con la cebolla, pero eso es de todos los días, porque se siembra en varias épocas del año”, explicó Róbinson.

De lleno a la bici

Róbinson López y la siembra de papa

Róbinson López, todos los días, va al campo a cuidar los cultivos.

Foto:

EL TIEMPO

Lleva cinco años en el ciclismo. En el equipo de Boyacá está desde juvenil. Un día llegó al entrenamiento de contrarreloj en su bicicleta normal, Cárdenas lo soltó después de Cayetano Sarmiento, kilómetros más adelante lo alcanzó, lo sobrepasó y ganó el chequeo.

Oliverio lo miró con extrañeza, le dijo que al día siguiente volvería a hacer otra práctica similar con el reloj como juez. López llegó forrado en su uniforme verde y volvió a ganarles a todos.

“Fuimos a la bodega y le armamos una bicicleta para la contrarreloj y ahí sí que nos dejó sorprendidos, porque, otra vez, fue el mejor tiempo. Eso le dio la opción de ser convocado a última hora en el equipo”, precisó Cárdenas, el hombre que lo guía.

Era la carta de Boyacá en el Nacional contrarreloj Sub-23, tramo de 35 km entre Guatavita y La Calera, pero le alcanzó para ser octavo. Ese día llovió, el piso se puso resbaloso, se llenó de nervios y perdió tiempo en la bajada hacia la meta.

Al día siguiente, en el barrio 20 de julio de Bogotá, ganó la prueba de fondo. “En los últimos kilómetros íbamos muy rápido, pero cuando llovió, el lote paró por el peligro y aprovechamos para ganar”, dijo.

Róbinson López escucha a su técnico.

Róbinson López y su entrenador, Oliverio Cárdenas.

Foto:

Julián Espinosa / EL TIEMPO

El triunfo lo sorprendió. En la ruta, le iban a trabajar a Felipe Romero, el embalador del equipo, pero Cárdenas la dio la orden de partir del grupo, lo hizo y se fue en busca de la gloria, que logró kilómetros más adelante.

Boyacá es para Vivirla es apadrinado por Nairo Quintana, su ídolo; a Róbinson le da orgullo entrenar con él. “Me gusta prenderlo (atacarlo), claro que a él poco le gusta (risas)”, advirtió López.

Varias veces el que apura el paso es Quintana, pero López no se le queda, le sigue la rueda, a la estrella del ciclismo mundial no lo puede soltar.

Alguna vez, ‘Róbin’ le arrancó, partió en mil pedazos el lote, Nairo lo alcanzó y le dijo: “¡Respéteme!”, y volvió atrás.

“Nairo nos habla, nos recalca que debemos ser profesionales, dedicados, tener sacrificios. Yo he dejado la familia por el ciclismo, estar con ella, ayudarles a mis padres en el campo”, aseguró.

Nunca ha salido del país, apenas ha corrido pruebas nacionales, pero quiere ir a Europa, ya tiene un poder firmado con un grupo de empresarios de Italia, porque le gustaría ser figura del lote internacional.

Mientras el tiempo pasa y cumple las metas, Róbinson Fabián entrena: se levanta y se va para Tunja, allí lo esperan Cárdenas y los demás compañeros. Luego de 180 o 200 kilómetros en sus piernas, hace 20 minutos más en su bicicleta de ruta, porque debe volver a Sora, donde para en la casa de un amigo y se pasa a la bicicleta todoterreno.

Lo esperan dos kilómetros durísimos: 2.000 metros en terreno destapado y subida, con rampas hasta de 16 por ciento de inclinación. Pero los hace con amor, pensando en llegar a ser otro Nairo, porque tiene las condiciones y quiere que sus padres dejen de trabajar.

Se arregla, almuerza, duerme un poco, va al cuarto de herramientas y saca lo que necesita. Se dirige a la parcela que está detrás de la casa y, acompañado por Tarzán, Abejón y Copito, los perros que cuidan la finca, echa azadón, recoge papa, le quita la tierra y la empaca en un costal, siempre pensando en que estos sacrificios le servirán para, algún día, ganar el Tour de Francia, el Giro de Italia o la Vuelta a España.

Lisandro Rengifo
Redactor de deportes
@LisandroAbel
El Tiempo

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